lunes, 1 de octubre de 2012

Cerrado

Un comerciante volvió a casa en la que estaba su negocio. Lo encontró incendiado y se conmocionó de rabia, dolor e indignación. Lo más terrible fue que encontró el cadáver de un niñito ya calcinado y no dudó en pensar que era el de su hijito. Se arrancó los pelos de la cabeza, se daba golpes contra el pecho y lloró amarga y desconsoladamente. A los pocos días hizo la ceremonia de cremación del cadáver del niño pensando sin dudar que fuera el de su hijito. La verdad fue que los ladrones se llevaron preso a su niño y el que murió calcinado fue otro niño que anduvo en la tienda  en esos momentos. El hombre guardó un puñito de cenizas en una bolsita de terciopelo. Un día su verdadero hijito escapó de sus secuestradores y volvió a casa en la madrugada y llamó a la puerta y dijo: Papá soy tu hijo. Pero el padre contestó: No seas malvado y no finjas que eres mi hijo. Mi hijo murió calcinado y aquí tengo sus cenizas en una bolsita. Sólo pretendes torturarme. Mi hijito murió hace tres meses. El niño insistió llamando a la puerta y llorando pero el padre no creyó.El niño, desconsolado, dejó de insistir y se fue y el hombre perdió a su hijo para siempre por causa de su creencia que no se atrevió a someter a una crítica. Así nos sucede a los humanos cuando nos casamos con ideas que no pasamos por el tamiz y dejamos la puerta cerrada a personas, cosas o ideas. Para nacer como para partir de este mundo visible es donde tenemos las ideas más sólidas y aferradas y ahí suele estar la causa de nuestro sufrimiento.[1]

 

 



[1] Inspirado en un cuento de mi maestro de vida Thich Nhat Hanh

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