lunes, 25 de agosto de 2014

Olvido







Donde fue un gran terreno baldío aparecen de la noche a la mañana infinidad de pequeñas, pequeñísimas casas ,todas iguales, alineadas simétricamente en largas hileras y detentando nombres en sus calles, retornos y plazoletas de lo más curiosos –llevados en las alas imaginativas de los empresarios, ingenieros y arquitectos que planearon tal conjunto habitacional. A estos conjuntos se les llama en algunos casos "conjuntos residenciales" o en el lenguaje gubernamental "casas de interés social". Por el otro lado, tenemos –desde una vista aérea-  grandes edificios, llamados rascacielos que conforman una aglomeración bajo pomposos nombres como "centro financiero", "zona residencial" con el anglicismo vip para personas de gran poder económico –que no cultural necesariamente-   Sea en un polo u otro de las construcciones de este siglo, me pregunto ¿dónde ha quedo el alma y el corazón de estas edificaciones? que no trasmiten nada que vaya más allá de funcionalidad barata o funcionalidad cara. Cuando uno camina en esos dos mundos , experimento la misma ausencia y la misma pobreza pues algo se ha dejado en el olvido en esas obras llamadas humanas. Mi querido Luis Barragán describió este problema humano   -que no es sólo arquitectónico:  Han desaparecido de la arquitectura las palabras belleza, inspiración, embrujo, magia, sortilegio, encantamiento y también las de serenidad , silencio, intimidad y asombro. Todas ellas han encontrado amorosa acogida en mi alma.  Este ser humano dedicó su vida a la arquitectura e hizo de estas palabras seres vivos y los encontramos en sus casas, edificios, jardines, urbanizaciones, capillas,  casas en el campo y en su propia casa. Quizá el olvido mayor está en haber dado la espalda a la naturaleza ,quien es toda frescura, alegría, inspiración, formas fluidas  y armonía con la estaciones.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Paisajes humanizados que nos deja emparedados y aislados en la frialdad del cemento, sin la posibilidad de fusionarnos con la naturaleza, de ser renovados en la danza de la vida, de florecer y volar en cálidos vientos, cómo semilla viajera, a nuevas tierras ávidas del verdor que le otorga la posibilidad de ser cada día más fértil.