viernes, 23 de octubre de 2009

Experto en tierras y cielos


Don Güecho fue un buen hombre del desierto, fue mi amigo, fue jardinero. Hoy lo recuerdo. Grande fornido con generoso abdomen, gran conversador con sorprendentes pausas silenciosas, de enorme apetito a media jornada cuando el sol comienza a quemar inmisericordemente y se antoja un burrito, y una pequeña siesta bajo un árbol. Güecho está en la larga lista de maestros que la vida me ofreció. Fue experto en dos pasiones: observar la tierra que conocía como la palma de sus manos de tanto cavar los hoyos, acarrear la tierra depositar las semillas y abonar las pequeñas plantas de los, hoy, grandes árboles. Fue experto en conocer y escrutar todos los rincones del cielo visible de día y de noche con una especialidad: las nubes. Cada mañana dedicábamos un rato para otear el cielo y yo recibía una nueva lección magistral sobre el origen forma, aspecto y conducta de las nubes y su forma de actuar sobre nuestro jardín que deriva del término persa paradaeza o paraíso. Conocer a Don Güecho y ser amigos constituyó uno de los regalos de vida que experimenté a lo largo de varios años en mi refugio del desierto. Hoy como muchos buenos hombres descansa en paz, como tenía que ser, bajo un frondoso álamo plateado que él sembró con sus grandes, callosas y hermosas manos.

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