He asistido en las últimas semanas a un par de actos académicos de clausura de cursos universitarios y pude constatar el testimonio de no pocos viejos maestros que al presentarse y al pre
sentar su campo de trabajo dicen: me dedico al arte, a la ingeniería, a la filosofía o a las matematicas, la física o la astronomía. La universidad es una gran familia de hombres y mujeres hacedores y creadores de condiciones de bienestar y de bien ser. Para mi sorpresa no encontré a ninguno que se presentara y presentara su campo de acción bajo el nombre de: soy un intelectual y hago intelectualidad. Esta ausencia me lleva a pensar que cuando escuchamos el tan manoseado y alardeado término y título pseudo nobiliario de intelectual, es señalar algo que tiene que ver -hasta cierto punto- con el mundo extra académico y universitario. La intelectualidad hace referencia a la inteligencia como la emoción refiere a la emocionalidad y la acción a la actividad. Para estar en el mundo necesitamos poner intelecto, afecto y acción en todo lo que somos, hacemos y expresamos. La intelectualidad por sí misma y encerrada en ella misma es un extravío y una pérdida de tiempo como sería presentarse y decir que soy amador porque amo. Al ver el panorama de nuestra vida nacional y de nuestra vida planetaria no dudo en agradecer al gran Pierre Bourdieu su recordatorio: Hay muchos intelectuales que ponen el mundo en tela de juicio pero son muy pocos los que ponen en tela de juicio al mundo intelectual.[1]

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